La obsolescencia programada llega a las carreteras

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Foto de: bertvthul 2014 – Pixabay

Según define la Asociación General de Consumidores, la obsolescencia programada es una estrategia empresarial reconocida, que supone que los fabricantes diseñan y producen los aparatos de forma deliberada para que se averíen o se pasen de moda rápidamente. El objetivo es obligar a los consumidores a comprar los nuevos productos y servicios que las empresas comercializan para sustituir a los antiguos. La motivación de esta estrategia es generar un volumen de ventas a largo plazo al reducir el tiempo entre compras repetidas (conocida como acortar el ciclo de sustitución).

Su origen se remonta a 1932, cuando Bernard London proponía terminar con la Gran Depresión lucrándose a costa de la sociedad a través de la obsolescencia planificada y obligada por ley. Afortunadamente esta ley nunca tuvo lugar. Pero no fue hasta 1954 cuando el término se popularizó gracias al diseñador industrial Brooks Stevens, que lo utilizó en una de sus conferencias.

Cada vez más industrias han incorporado esta práctica a su estrategia de negocio, llegando a sectores que uno no se plantearía en un inicio que también padeciera este problema: las carreteras.

Remontándonos muy al pasado, las calzadas romanas eran construidas de manera compleja y necesitándose miles de horas. Los romanos no sabían lo suficiente de ingeniería y construían sus calzadas con tanta resistencia como su tecnología les permitía. Tiempo después, hará unos 200 años, en 1816, un ingeniero escocés llamado  John Loudon McAdam diseñó una alternativa sencilla, fiable y mucho más barata, aunque menos durable, claro está. Aquel diseño se denominó macadán.

Respecto a las vías romanas, existían construcciones de varios tipos, aunque la mayoría de las que han llegado a nuestros días son del tipo denominado “Via Munita”. Para su construcción se excavaban zanjas de uno a dos metros de profundidad que eran rellenadas con múltiples capas de piedra, grava y arena y recubiertas por una superficie adoquinada.

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Foto de: Wikipedia 2011

Estas calzadas soportaban cargas bastante ligeras (tropas a pie o a caballo) y como mucho de unos 1.500 kg a causa de un carro de dos ejes. Actualmente, el peso máximo autorizado en España es de 38.000 kg. Por tanto, es notable la diferencia en exigencias entre las vías romanas y las carreteras actuales.

El diseño de McAdam, anteriormente mencionado, se basaba en la superficialidad. Una fina capa de gravilla era suficiente para actuar como carretera siempre que el substrato inferior estuviese protegido de la acumulación de agua y del desgaste de rodadura de los vehículos.

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Carretera de Macadán. Foto de: Wikipedia 2013

Algo más tarde, en el siglo XX, como solución a las enormes nubes de polvo ocasionadas por el incremento de vehículos en circulación, así como de su velocidad, Edgar Purnell Hooley patentó en 1901 un nuevo material denominado tarmac que consistía en una mezcla de alquitrán natural con gravilla. Con el tiempo, este material se generalizó y evolucionó hasta el hormigón asfáltico actual al que todos llamamos simplemente asfalto.

Sin embargo, el problema anteriormente planteado continúa existiendo: al ser las carreteras tan superficiales, se construyen rápido y de forma barata, pero al mismo tiempo duran relativo poco tiempo. En este sentido, con los conocimientos actuales en el ámbito de materiales sería perfectamente posible construir carreteras tan durables como las calzadas romanas; sin embargo, nadie lo lleva a cabo. ¿Cuestiones económicas? ¿Intereses ocultos? El caso es que durante muchos años se ha preferido la construcción de vías baratas y de poca vida media, y así sigue siendo actualmente.

Referencias: Ciencia de Bolsillo; Wikipedia; Asgeco.

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